En la madrugada del pasado lunes se producía una erupción
solar que, poco tiempo después, provocaba preciosas auroras en los
extremos de la Tierra. Fue la más intensa de los últimos siete años pero
apenas una suave brisa si se compara con la tormenta solar de agosto y
septiembre de 1859, que provocó que en latitudes tan bajas como Cuba o
España la aurora iluminara la noche, las brújulas de los barcos se
volvieran locas y hasta las estaciones de telégrafo ardieran. Sólo el
escaso desarrollo tecnológico de entonces evitó el desastre. Hoy, la
civilización humana es mucho más dependiente de los caprichos del Sol.
La
erupción solar de esta semana fue catalogada de clase M8,7 en una
escala que incluye los grados A, B, C, M y X, como fue la de 1859. Al
igual que en el caso de los terremotos, se trata de un gradiente
logarítmico; aquí cada letra refleja una liberación de energía diez
veces superior a la anterior. La explosión de radiación proviene de la
liberación de la energía magnética asociada a las manchas solares y son
el evento más explosivo del sistema solar.
La del lunes fue la tormenta más intensa de los últimos siete años
"Las
llamaradas y erupciones solares son algo así como un, dos, tres, boom",
cuenta el científico experto en tormentas solares de la NASA Antti
Pulkkinen. "El primer golpe tiene que ver con la radiación
electromagnética proveniente de la erupción, y puede durar algunos
minutos u horas. El segundo golpe es la generación de partículas que se
mueven muy rápido, y esto puede durar varios días. Y después viene lo
serio, el tercer golpe, que se produce cuando una nube masiva golpea el
área del espacio cercana a la Tierra, y este impacto puede durar varios
días", explica.
El Sol no sólo es luz; también es un gigantesco
campo magnético, con líneas magnéticas recorriendo de polo a polo. Su
fuerza rotatoria va torciendo estas líneas imaginarias en un ciclo que
dura unos 11 años. En el clímax de su torcimiento se crean las manchas
solares en la zona ecuatorial de la estrella. En ocasiones, como esta
semana, enormes burbujas de gas y magnetismo se liberan y consiguen
superar la barrera magnética (corona) que rodea el Sol, provocando una
eyección de masa coronal que sale disparada hacia el espacio. Si la
Tierra se encuentra en su trayectoria puede pasar lo peor.
Como
explica Pulkkinen, la triple oleada tiene diferentes consecuencias en la
Tierra. Lo primero en llegar es la luz, que incluye rayos X y
ultravioleta. Esto provoca la ionización de la atmósfera superior de la
Tierra, interfiriendo en las comunicaciones de radio. Detrás llega la
tormenta de radiaciones. Los astronautas están obligados a protegerse
tras un aviso de su llegada. La tercera en venir es la nube de
partículas de alta energía. Sus partículas cargadas eléctricamente
interactúan con la magnetosfera terrestre provocando fluctuaciones hasta
desencadenar una tormenta magnética.
En 1859, un fenómeno de gran intensidad provocó auroras en España
"Esperamos
que este evento tenga un impacto moderado. No creemos que haya ningún
gran problema con el funcionamiento de los sistemas tecnológicos ni en
el espacio ni en tierra", explicaba Pulkkinen antes de que la nube de
protones llegara. En efecto, aparte de la multiplicación de las auroras
boreales, que se pudieron ver en latitudes algo más bajas, no hubo
mayores problemas. Algunas compañías aéreas desviaron los aviones que
aprovechan las rutas polares para hacer su trayecto más corto, y poco
más.
Pero el ciclo solar está alcanzando su máximo y los
científicos esperan que hasta 2013 se produzcan más llamaradas, algunas
de gran intensidad. Toda la que alcance la categoría X podría dejar
fuera de combate las comunicaciones por radio, alteraría la fiabilidad
del GPS, provocaría apagones eléctricos generalizados y hasta radiación
en los pasajeros de los vuelos de gran altitud.
"La actividad
solar seguirá creciendo en los próximos años. Durante este tiempo
esperamos que el número de eventos aumente, así como el tamaño de
algunos de los acontecimientos. Los más grandes son raros (como los
grandes terremotos o las mayores inundaciones) pero suceden", sostiene
el científico de la misión solar SOHO/EIT de la NASA, Alex Young. Para
él, la de 1859 fue "la tormenta perfecta" porque se dieron
circunstancias para que su impacto fuera grande. Por un lado, la
erupción se produjo de frente a la Tierra. Además hay evidencias de que
no hubo una sino dos tormentas que se solaparon. La probabilidad de que
se repita es baja pero "es posible que nosotros asistamos a un evento
tan grande como el de 1859", añade.
La explosión de radiación proviene de la liberación de la energía magnética
Según
un estudio de la National Academies de EEUU de 2008, una erupción solar
como la de 1859 desencadenaría hoy una tormenta geomagnética que
afectaría críticamente a las infraestructuras modernas. Entonces, la
llamarada provocó tal nube de partículas que aplastó la magnetosfera.
Este círculo invisible de magnetismo protege a la Tierra de los vientos
solares y la mayor parte de la radiación cósmica. Su alcance es de unos
60.000 kilómetros pero en 1859 se contrajo hasta los 7.000 kilómetros
por la presión invisible que procedía del Sol.
Lo primero que
sucedería con una erupción solar de clase X sería que la ionosfera
terrestre se calentaría, cambiando su densidad y composición, lo que
afectaría a las comunicaciones por radio y a la señal del GPS. Peor aún,
puede crear intensas corrientes eléctricas en la ionosfera llamadas
electrojets.
Estas corrientes provocan un fenómeno eléctrico denominado "centelleo"
que cambia la amplitud, fase, polarización y el ángulo de llegada de las
señales. Según un informe del Departamento de Seguridad Interior de
EEUU, la señal del GPS no sólo llegaría degradada sino que la tormenta
geomagnética podría impedir que la Tierra recibiera la señal emitida por
los 30 satélites de la constelación GPS.
En tierra, las cosas no
serían mejores. La troposfera se cargaría de electricidad de tal manera
que hasta el agua de los océanos echaría chispas. Tal cantidad de
energía buscaría un camino por donde moverse: de los cables eléctricos a
los transformadores, recalentándolos hasta quemarlos. Durante la
tormenta de marzo de 1989, la zona occidental de Canadá se quedó a
oscuras.
Se alteran las comunicaciones por radio y la fiabilidad del GPS
Conferencia preparatoria
"Una
tormenta similar en la actualidad nos podría dejar asombrados",
explicaba el físico de la NASA Lika Guhathakurta, en una conferencia
organizada el verano pasado. Decenas de expertos y responsables del
Gobierno acudieron para responder a la pregunta de si estamos preparados
para la próxima gran tormenta solar. "La sociedad moderna depende de
sistemas de alta tecnología, y todas son vulnerables", añadió
Guhathakurta.
El gran problema es que no se sabe cuando será la
siguiente tormenta ni su intensidad. Se conoce bien el ciclo solar, se
sabe que está a punto de alcanzar su clímax, pero nada más. La NASA y la
agencia espacial europea han sembrado los alrededores del Sol de una
red de sensores. La mayoría están diseñados para labores de
investigación, pero los más recientes, como el Solar Dynamics
Observatory, tienen entre sus misiones vigilar la aparición de nuevas
erupciones. Son ellos los que pueden avisar con entre 15 o 30 minutos de
antelación. Con la información recibida, el Centro de Predicción del
Tiempo Espacial de la NOAA (agencia de EEUU) elabora partes diarios para
un millar de empresas e instituciones de todo el mundo.
Aunque se
está trabajando en modelos informáticos para anticiparse al Sol, lo más
realista hoy es prepararse para minimizar su impacto. A finales de
2010, EEUU puso en marcha el programa Escudo Solar. Su primer objetivo
es modelar en tres dimensiones la eyección de masa coronal camino de la
Tierra. Esta tercera oleada tarda varias horas y hasta un día en llegar.
Con el modelo se puede anticipar dónde y con qué intensidad golpeará.
En ese tiempo, los responsables de las infraestructuras deberán
suspender los elementos clave para evitar que, como en 1859, los
telégrafos ardan.